domingo, 21 de septiembre de 2014

Superviviente

Hace tiempo escribí un pequeño fragmento de una historia y hace unos días lo encontré entre los papeles de mi habitación y pensé que lo tenía que terminar, así que he escrito este relato.
Disfrutad leyendo y comentad. ¡Un beso!
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SUPERVIVIENTE


Era una noche oscura; pocas estrellas se atrevían a brillar y la luna se escondía tras las nubes. Sólo una suave brisa recorría los alrededores del poblado en busca de  supervivientes. Y los encontró.

Después de ver a los bárbaros asesinar a su marido, Leia agarró a sus dos hijos y tiró de ellos hacia la parte de atrás de la casa. Abrió la puerta trasera y miró a ambos lados, comprobando que no había nadie que pudiera verles. Ignoró la mueca de miedo del pequeño Eiden y salió de la casa con sigilo. Sus hijos la imitaron y siguieron sus pasos. Se oían los gritos de los aldeanos y el choque de las espadas, pero los latidos de su corazón acelerado y su respiración entrecortada amortiguaba los sonidos. Casi habían cruzado la calle cuando un hombre apareció corriendo en su dirección. Se les heló la sangre al verlo caer al suelo, inerte, por un hachazo en la espalda. 

-¡Corred!- ordenó Leia. 

El bárbaro que había lanzado el hacha les miraba desde el otro extremo de la calle, esbozando una sonrisa perturbadora mientras desenfundaba dos cuchillos. Les dio tres segundos de ventaja, y luego empezó a perseguirles. Eiden y Kael eran rápidos y ya casi habían alcanzado el bosque, donde sería más fácil protegerse, pero las faldas de Leia la hacían tropezar y cayó al suelo ahogando un grito. 

-¡Mamá!- Eiden se dio la vuelta y empezó a ir hacia ella para ayudarla, pero una mano lo detuvo.- La va a coger, Kael, hay que ayudarla.- se quejó intentando aguantar las lágrimas mientras luchaba por zafarse del agarre de su hermano.
-¡He dicho que corráis!- dijo Leia poniéndose en pie- Poneos a salvo- añadió suavizando el rostro y mirando a sus dos hijos con cariño. Después dio media vuelta y avanzó hacia el bárbaro.
-¡NO!, mamá no te vayas, corre hacia aquí- suplicaba Eiden entre lágrimas- ¡Mamá!

Pese a que era más grande que él, Kael tuvo que utilizar todas sus fuerzas para retenerlo. Ambos hermanos sintieron que su mundo se hacía añicos cuando el bárbaro se abalanzó sobre su madre y le pegó con la empuñadura de un cuchillo en la cabeza. Leia se defendía con agresividad, pero la fuerza de aquel hombre era demasiado para ella; lo último que hizo fue observar con horror que sus hijos seguían ahí, que no habían aprovechado para escapar, luego el bárbaro hundió una daga en su estómago. Notó que alguien movía sus faldas, pero no prestó atención, estaba feliz por ver a sus hijos desapareciendo entre los árboles. Cerró los ojos y dejó caer una lágrima antes de morir.

Cuando el cuchillo se clavó en el cuerpo de su madre, Eiden perdió las fuerzas y su mente se nubló. Kael aprovechó ese momento para tirar de su brazo y obligarlo a adentrarse corriendo en el bosque. Mientras el pequeño seguía en shock y daba pasos torpes, él apartaba las ramas con rabia y se forzaba a avanzar sin volver la vista atrás. Llegaron a un desnivel cerca del río y cogió al niño en brazos para saltar. En ese momento, cuando estaban en el aire, Eiden volvió en sí y miró a su hermano. El odio que sentía hacia él desapareció al ver las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. No dijo nada, se limitó a seguir el paso y correr. Cruzaron el río y siguieron entre los árboles.

De repente, una sombra surgió de la nada y placó a Kael. Rodaron por el suelo y el atacante se colocó sobre él a horcajadas para pegarle un puñetazo en la mandíbula. Era uno de los bárbaros, pero parecía joven, no tendría más de quince años. 

-Mi padre os busca- dijo reprimiendo una risa- Muertos, claro- añadió al sacar una daga de su cinturón y mirar a los chicos con ansias de sangre. 

Cuando el bárbaro se inclinó para degollarlo, Kael arqueó la espalda con fuerza y lo desequilibró. Aprovechó la ventaja y, cogiéndole un brazo con las dos manos y bloqueándole una pierna con la suya, lo hizo rodar hasta quedar encima. Empezó a pegarle puñetazos en la cara hasta que sintió un dolor profundo en las costillas. Le había apuñalado. Una gota de sudor frío le resbaló por la frente y el labio inferior le tembló. Cayó al suelo de lado y se le embotaron los sentidos. Escuchó algo, parecía un grito. Eiden. Frunció el ceño y empezó a incorporarse; tenía que proteger a su hermano, tenía que salvarlo, así que apretó los dientes para no gritar, cogió una piedra y consiguió ponerse en pie. El bárbaro estaba de espaldas, no se había dado cuenta de que seguía vivo y se acercaba amenazante hacia Eiden. Kael agarró con firmeza la roca del tamaño de su puño, respiró hondo y le golpeó con fuerza la cabeza. No esperó a ver si era suficiente; le quitó la daga y la hundió en su cuerpo una y otra vez hasta que la sangre hizo que se le resbalara la empuñadura y se hiciera un corte en la mano. Las lágrimas caían de sus ojos sin control y le temblaba todo el cuerpo. Sólo escuchaba los latidos de su corazón y sólo sentía el ritmo de su respiración. Eiden miraba asustado el cadáver ensangrentado y a su hermano, que seguía sujetando con fuerza el cuchillo.

-Kael- se atrevió a decir al cabo de un rato, cuando su hermano parecía más tranquilo. 
-Lo siento- murmuró él- Tienes nueve años, no tendrías que haber visto esto.- habló en voz más alta mientras arrojaba la daga a un lado.

Eiden negó con la cabeza.

-Prométeme que no vas a irte- dijo al ver los ojos tristes y vacíos de Kael.- Igual que mamá- aclaró sintiendo que se le formaba un nudo en la garganta.
-No voy a irme, Eiden- prometió mirando a su hermanito con cariño.

No se quedaron ahí quietos mucho más, podrían haberles encontrado otra vez, así que siguieron avanzando a través del bosque. No tenían ningún destino, pero de momento les bastaba con ir en dirección contraria a su poblado, ya pensarían en algo. 

Los dos estaban cansados, pero Kael no aguantó más de un kilómetro antes de que un calambre le recorriera el cuerpo desde el costado. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo. Eiden señaló preocupado la herida de sus costillas, pero él no le dio importancia y se forzó a levantarse entre gruñidos y resoplidos. Caminó unos metros más apoyándose en los árboles y entonces vio unas ruinas no muy lejos. Las señaló y con la ayuda de Eiden, consiguió llegar hasta ellas. 

Era una cabaña medio derruida, pero podía servirles de refugio para pasar la noche; el sol ya se estaba poniendo. Un sudor frío cubrió la piel de Kael y empezó a temblar. Empalideció y se le pusieron los labios morados. Se apretaba con fuerza la herida, pero era imposible remediar el daño. Eiden se sentó a su lado y dejó que lo rodeara con el brazo libre. 

-¿Por qué han atacado el poblado?- preguntó. 
-No lo sé.
-Estás frío- dijo al sentir el cuerpo de su hermano más rígido de lo normal.

Kael respondió con un gruñido. Eiden se puso de rodillas para estar a la altura de su rostro y lo examinó.

-¿Qué te pasa? Kael, ¿qué haces? No te duermas.

Los ojos del herido se cerraban y luchaban por abrirse. Cada vez le costaba más respirar, tenía frío. Decidió cerrar los ojos sólo un momento; durmiendo se sentiría mejor.

-Kael, ¡Kael!, no cierres los ojos, ábrelos.- repetía Eiden una y otra vez agitando a su hermano por los hombros.- No te duermas, venga, despierta.

Al final desistió. Estaba muerto, no iba a despertarse. Sus ojos volvieron a inundarse y las lágrimas trazaron surcos en el polvo de sus mejillas. 

-¡Mentiroso!- gritó enfadado.

Se le formó un nudo en la garganta que impedía el paso al aire; y a sus propias palabras. Agarró con fuerza la camisa de Kael, enterró la cara en su pecho y gritó con desesperación. Sintió que se le desgarraba la garganta y que se le revolvía el estómago. Gritó hasta que se le agotaron las fuerzas, y luego el silencio inundó el ambiente, tan solo interrumpido por algunos sollozos.

-Mentiroso- repitió mas tarde- Prometiste que no te irías.

Abrazó el cuerpo sin vida de su hermano y se acurrucó a su lado. Cerró los ojos y lloró en silencio. Kael había roto su promesa, se había ido, y no volvería. 

Las estrellas seguían sin brillar y la luna se escondía, no querían ser testigos de aquella masacre. La brisa de la noche se coló entre los agujeros de las paredes y acarició la piel de Eiden. Había encontrado un superviviente. 


Teresa

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